LA BUENA PALABRA: EXPERIENCIAS Y REFLEXIONES RELIGIOSAS DE LOS GUARANI

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LA BUENA PALABRA: EXPERIENCIAS Y REFLEXIONES RELIGIOSAS DE LOS GRUPOS GUARANÍES

POR GRACIELA CHAMORRO - Academia de Misión de la Universidad de Hamburgo/Alemania - Publicado en la Revista de Indias, 2004, vol. LXIV, núm. 230

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A partir de escritos coloniales y etnográficos esbozo en este artículo los aspectos fundamentales

de la religión guaraní. En primer lugar presento las personalidades más destacadas del panteón

del grupo y los relatos que fundan la actividad de esos personajes. En segundo lugar analizo

el concepto-existencia «palabra», destacando su centralidad para entender la cosmología, la relación

de los humanos con los otros seres de la naturaleza y con las deidades, la cuestión del mal y

de su superación, entre los Guaraní.

PALABRAS CLAVES: Religión, mitología, cosmología, profetismo.

 

INTRODUCCIÓN

En base a datos testimoniales de los grupos guaraní contemporáneos y a

obras etnográficas publicadas en la última centuria puede afirmarse que el elemento

central de la experiencia religiosa y del discurso religioso de los pueblos

guaraní es la «palabra». Los términos ñe'ẽ, ayvu, ãng y asy —traducidos por «palabra

»— poseen, sobretodo, una esencia espiritual y abren caminos para entrar en

el pensamiento indígena e intentar describir la forma en que ellos traman y dimensionan

su vida hacia lo transcendente.

Mi contribuición consistirá en presentar algunas de las respuestas que los Guaraní

vienen dando a preguntas como: ¿Quién es el ser humano frente a los demás

seres terrenales y frente a los seres divinizados? ¿Cómo situar y contrarrestar la

experiencia del mal? ¿Qué aportan los rituales al ser humano? ¿Cuál es el sentido

de la existencia? Presumo que esos indígenas, al contrario de la mayoría de sus

interlocutores occidentales, son pluralistas y no se imaginan una deidad individual

que domina de forma absoluta sobre los humanos; ellos no se sitúan frente a los

demás seres como dominadores, antes como dependientes de ellos, honrándolos

con atributos divinos; no ven el mal como condenación, sino como algo a ser superado;

sus rituales les proporcionan una experiencia religiosa de orden mística, donde

la palabra no es solo una experiencia auditiva sino también visual.

En cuanto a las fuentes utilizadas, cabe precisar que las coloniales, aunque juzguen

negativamente la religión de los Guaraní, cuando son leídas a través de la

clave hermenéutica de los datos testimoniales y etnográficos, pueden ayudar a

imaginar lo que habría sido la religión pre-colonial y colonial de esos grupos. En

este artículo di especial importancia a los apuntes del padre Francisco de Andrada

(1545), a la «primera síntesis» de la religión Guaraní firmada por Alonso de Barzana

(1594), y a los registros de Antonio Ruiz de Montoya (1639-40, 1651). En

esas fuentes se observa, que los conquistadores —contra lo que Furlong1 ha sostenido—

no fueron «unánimes» en sus informes sobre los Guaraní y sí refractarios,

hostiles y ambivalentes, llegando a considerar los indígenas unas veces carentes de

religión y otras desmesuradamente religiosos. Los ensayos etnohistóricos de Bartomeu

Melià2 me orientaron en la relectura e interpretación crítica de esas fuentes.

A fin de comparar datos entre Guaraní y Tupinambás recurrí también a escritos

de misioneros que actuaron en la costa brasileña.

Los datos etnográficos proceden de los escritos de Kurt Unkel Nimuendaju,

León Cadogan, Egon Schaden, Bartomeu Melià, Georg y Friedl Grünberg, y de

los que yo misma he publicado3. Esas obras han revelado la centralidad de la

«palabra» en la experiencia religiosa guaraní. El primer autor que se ha dejado

cautivar por la sabiduría poética de los Guaraní, Nimuendajú, como bien lo reconoce

Melià, no sólo ha oído lo que el Guaraní dice, sino también cómo el Guara-

ní dice lo que dice4; no sólo ha escrito sobre la palabra guaraní, sino que ha osado

pensar el pensamiento guaraní.

He organizado el artículo en cuatro partes. En la primera aclaro la cuestión

terminológica. En la segunda presento algunos aspectos de la religión guaraní

colonial. La tercera está dedicada a las deidades y a las narrativas fundacionales y

la cuarta al estudio de la palabra.

 

1. LA TERMINOLOGÍA GUARANÍ

Antes de hablar de «religión Guaraní» me gustaría aclarar ambos términos.

El término «religión», a rigor, no existe en guaraní. Para traducirlo, hay que

recurrir a la expresión „nuestro buen modo de ser» (ñande reko katu), que entre

sus varios significados incluye la experiencia religiosa. La expresión indica que

lo que podemos considerar la religión de los Guaraní no es algo aparte del sistema

cultural, sino algo esencial en el pensamiento y en la expresión del grupo

(teko); no se refiere a un mero y supuesto sometimiento de los Guaraní a la voluntad

de los dioses, sino que tiene que ver con el desarrollo y perfeccionamiento

de lo que el grupo considera suyo (ñande), propio y bueno (katu).

El jesuita Ruiz de Montoya, por ejemplo, registró teko katu como la «buena

vida libre» de los indígenas y como «dicen a los salvajes que viven como bestias

»,5 marcando con eso el duelo que se desencadenó entre el antiguo (ymã) modo

de ser indígena y el nuevo (pyahu) introducido por la colonización hispánica y

la misión cristiana.

Entre los Guaraní actuales las expresiones teko katu y su variante teko porã

son los marcadores constantes de la identidad del grupo frente a la sociedad y

religión circundantes. Los Kaiová y Paĩ-Tavyterã se refieren con ellas a sus buenas

costumbres, a sus normas éticas tradicionales y al sistema original que orienta

la vida de los seres divinos y divinizados. Los Mbyá identifican con ellas el

modo de ser de los que habitaron la «primera tierra» y establecen para sí las reglas

que deben orientar su vida.

Una otra expresión guaraní que se aproxima a lo que llamamos religión es teko

marãngatu, que significa modo de ser piadoso. Compuesta de marã (maldad,

delito, debilidad) y katu (bien, bueno), marãngatu figura en el Tesoro de Ruiz de

Montoya como «virtud, provecho, bondad, honra»6. Las ilustraciones léxicas

añadidas por el autor no ofrecen elementos que nos permitan situar esos ejemplos

de forma autónoma en la vida de los Guaraní antes de la conquista europea. Eso,

sumado al uso inequívocamente cristiano que recibió por parte de los misioneros,

lleva a creer que la expresión no fue usada originalmente por los indígenas con

ese significado, siendo más bien acuñada por franciscanos y jesuitas, entre fines

del siglo XVI e inicio del XVII. Marãngatu sería pues un neologismo o una traducción

poco acertada de elementos del cristianismo en un idioma y para dentro

de una cultura donde esos elementos eran extraños. Como sea, el término katu (-

ngatu) es muy relevante en esta expresión. Indica, como en ñande reko katu, el

valor (bueno) que los Guaraníes dan a lo que consideran suyo. Especialmente

entre los Kaiová y los Paĩ-Tavyterã, teko marãngatu significa hoy día costumbres

sagradas, conocimiento espiritual, tradiciones religiosas7.

En cuanto al significado de «guaraní» hay que recordar que hay en ese término

una especie de «identidad atribuída» que, de cierta forma, generaliza y descaracteriza

a los indígenas. Aún así, utilizo el término para referir aspectos comunes a los

grupos aquí estudiados. Para destacar las especificidades recurro a los etnónimos

de las respectivas parcialidades. Mi reflexión sobre «lo guaraní» se basa en el significado

del posesivo ñande, nuestro, y en su relación con su homónimo ore. Ellos

derivan de los pronombres personales de la primera persona del plural ñande.v.a y

ore.v.a respectivamente, siendo que el primero incluye al interlocutor y el segundo

lo excluye.

Recurro a esos términos porque ellos delimitan dos formas de conciencia de

sí y de alteridad entre los Guaraní. Una, ñande.v.a, es más abierta e inclusiva;

otra, ore.v.a, es más cerrada y exclusiva. A lo largo de su historia los Guaraní

alternaron esos dos principios en sus actitudes delante del otro. Conforme al primero,

toleraron y asimilaron las inovaciones, se dejaron bautizar y permitieron

que en su territorio se construyesen escuelas, hospitales e iglesias. De acuerdo al

segundo, vieron en lo nuevo el advento del fin del sistema indígena y del mundo

mismo, pelearon contra los misioneros —asesinándolos cuando percibieron su

intransigencia— y abandonaron sus lugares de origen cuando el «desarrollo», el

otro, se asomó a sus fronteras. En ambas actitudes, los Guaraní reconocen la existencia

de una otra sociedad «en la cual» o «al margen de la cual» viven y necesitan

afirmarse y distinguirse.

Entre los grupos contemporáneos citados en este artículo, los Mbyá son los

que más tienden a afirmarse por el criterio del ore.v.a, los Ñandeva o Chiripá se

destacan como los más concesivos al otro (ñande.v.a), cabiendo a los Kaiová y

Paĩ-Tavyterã la posición intermediaria. Vista por esas claves de la experiencia

indígena, la religión guaraní se nos presenta no solo como un «nuestro (inclusivo)

modo de ser», ñande reko katu, —como el lugar donde los grupos guaraní

gravaron las huellas del modo de ser de los pueblos con quienes contactaron—

sino también como un «nuestro (exclusivo) modo de ser», ore reko katu, —como

forma de afirmar aspectos específicos de su religión y cultura delante de los

otros. De esa forma, por ejemplo, ellos integraron los logros y las derrotas que pasaron

durante el confronto con el cristianismo a aquello que consideraban suyo y al

mismo tiempo mantuvieron vivas sus fronteras de diferenciación, haciendo de su

«nuestro buen modo de ser» su distintivo más elocuente. De modo que no entraré

en la discusión sobre lo que sería «originalmente guaraní» u «originalmente cristiano

», pues ni uno ni otro existe en forma de un repertorio dado, estable y transmitido

de forma invariable de generación a generación. Lo que existe es la capacidad

de desarrollar estrategias favorables a la sobrevivencia y a la recreación de la identidad

y en ese sentido tanto «lo guaraní» como «lo cristiano» traen las marcas de la

interferencia de sus vecinos. Entiendo pues que bajo «religión guaraní» puedo presentar

aquello que los grupos guaraní así consideran, ya que ellos, más que nadie,

son los que pueden decir lo que les es propio y extraño. La extraordinaria variabilidad

con que cada grupo y comunidad guaraní se expresa sobre sus experiencias

religiosas justificaría hablar en «religiones guaraní». Las constantes que iré a destacar

entre ellas, sin embargo, permiten que las considere en singular.

 

2. LA RELIGIÓN GUARANÍ COLONIAL

Ese «buen modo de ser guaraní» viene explicitado sobretodo cuando se da la

confrontación con el cristianismo.8 «Tienen sembrados mil agüeros y supersticiones

y ritos»9 escribió Barzana en 1594. De otras fuentes contemporáneas sabemos

que el contrabautismo o sustitución de nombres cristianos por nombres

indígenas, la matanza de animales de origen colonial y la perforación del labio

eran entonces prácticas comunes. Durante los conflictos habidos en el periodo

colonial, esos ritos fueron actos mágico-simbólicos celebrados con la intención

de contrarrestar el poder del enemigo y acelerar su decadencia. Así, al quemar

una novilla10 se esperaba ver el fin de todos los animales de origen europeo y de

los «advenedizos» que los introdujeron en la tierra indígena. El acto era una liberación

simbólica del espacio indígena de todo aquello que parecía no tener lugar

y sentido en ese ambiente. Sin embargo, al vestir las vestimentas litúrgicas de los

padres asesinados y al colgar en el cuello los pedazos de un cálice cristiano, como

lo hizo el líder religioso Ybapirí11, el deseo de los Guaraní era atraer sobre sí

el poder que emanaba de esos objetos. En ese mismo sentido, ellos amalgamaban

las imágenes de la apocalíptica católica con las de sus mitos nativos: «consagraban

» eucaristía con torta de mandioca y bebida de maíz, «predicaban» que tigres

y otras fieras saldrían de la selva y entrarían en bandos en las reducciones, destruyendo

en primer lugar a los vaqueros, remadores y carpinteros. También atemorizaban

a la gente anunciando que monstruos de terrible aspecto saldrían de

las cavernas para devorarla12.

Sobre otras prácticas rituales —como el resguardo del esposo de la parturienta,

la antropofagia ritual, el saludo lacrimoso, la adivinación, los ritos funerarios,

la imposición del nombre al bebé y la veneración de los huesos13— puede leerse

en la Conquista Espiritual de Ruiz de Montoya. Las dos últimas se conservaron

hasta hoy día entre los Mbyá; retomaré más adelante la imposición del nombre,

que se practica en los tres grupos aquí considerados.

«Es toda esta nación muy inclinada a religión verdadera o falsa»14 apuntó el

padre Alonso Barzana sobre los Guaraní. La experiencia histórica que está por

trás de su pluma es la constatación de que los indígenas adherían a la religión

cristiana, sin abandonar por ello sus ritos tradicionales. Según Barzana, por causa

de esa inclinación natural „muchos se han fingido entre ellos hijos de Dios, papas,

Jesucristo [...]»,15 se han autoproclamado seres divinos y han tomado a los

misioneros como «lugartenientes» del Dios que predicaban16.

El ambiente de conflicto en que esos episodios sucedieron y fueron registrados

permite afirmar que ellos no fueron simplemente malentendidos entre «profesos

» de dos sistemas religiosos distintos. Tratávase de una reacción de los indígenas

contra la religión que los quería sujetar a los designios de seres sobrenaturales

todopoderosos y complacientes con la explotación colonial. Imnúmeras

fuentes atestiguan cómo los indígenas «guaranizaron» elementos de la predicación

cristiana para contrarrestar el poder de los propios cristianos. Así, algunos

hechiceros de más fama eran adorados como dioses y tenidos por sumos sacerdotes

o papas17, un niño decía «ser Dios o hijo verdadero de Dios», el profeta Oberá

se consideraba «hijo verdadero de Dios y nacido de una virgen», un mago era

«Dios creador del cielo, de la tierra y de los hombres», el líder Paytara se revelaba

como «dios resucitado», otro mago como «dios en tres personas», una india

como «madre de Dios», Rodrigo Jaguariguay como «Dios Padre», su esposa co-

mo «Santa María la Mayor» y su hija como «Santa María la Chica» — parodiando

así la Santísima Trinidad18.

Montoya registró que los Guaraní «al verdadero Dios nunca hicieron sacrificio

».19 Aparentemente negaba con eso la afirmación de Barzana, de que esos indígenas

eran inclinados a cualquier religión, sea ella verdadera o falsa. Pero en el

fondo es la ansiedad de encontrar entre los Guaraní indicios de la existencia del

«verdadero» Dios la que está por detrás de la afirmación de Montoya20. Así, partiendo

de la reverencia o miedo de los Guaraní por ocasión de la caída de rayos, él

dedujo que ellos llegaron al conocimiento de la existencia de Dios y de su unidad21.

Según él, analogías entre la lengua guaraní y la hebrea permitían equiparar el término

aborigen Tupã —que los indígenas exclamaban al oir el trueno— con el vocablo

cristiano «Dios»22. Es basado en esa supuesta analogía con la lengua hebrea

que Montoya tradujo las expresiones de la teología cristiana al guaraní.23 Mucho

menos osado en su interpretación fue el jesuita Manoel de Nóbrega, llegado al Brasil

en 1549. Meses después de su arribo, escribió en una carta que los Tupinambá

no adoraban cosa alguna, ni conocían a Dios, de modo que el único vocablo de que

se disponía para hablarles de Dios era Tupana, término que supuestamente significaba

«cosa divina» y que los indígenas exclamaban al oir los truenos24.

Mark Münzel constata que los jesuitas describieron con regularidad grupos

guaraní y tupíes como no teniendo personificaciones divinas pero al mismo tiempo

como intuyendo lo divino a través del miedo que les transmitía el trueno. Para

el autor, eso atiende mucho más a la necesidad que los misioneros tenían de mostrar

que las enseñanzas de los clásicos romanos a respecto de religión se confirmaban

en el comportamiento de los indígenas25. O sea, su instrucción humanística

los habría llevado a los jesuitas a equiparar la preponderancia de Tupã a la de

Júpiter. Sin eso, probablemente, Tupã habría sido registrado en la historia como

una deidad «menor», que personifica lo transcendente en las esferas uránicas y se

manifiesta en el relámpago, en el trueno y en la lluvia, como la conocemos hoy

entre los Guaraní.

Montoya, entre otros, consideró a los Guaraní como «ateístas»; tanto por no

reverenciar esculturas religiosas como por librarlos de las consecuencias que

recaerían sobre ellos, si se los considerase profesos de otras religiones. Eso queda

muy claro en su Apología escrita durante las polémicas que le tocó enfrentar en

su vejez. Según él, los Guaraní «en cierta manera fueron ateístas»26 y jamás tuvieron

ídolos, adoración ni idolatría de los que falsamente se los calumniaba; al

contrario, las «naciones Guaraní y Tupí» han sido siempre ateístas27. Una analogía

con las lenguas se deja entrever: Así como solo el latín dotaba a las lenguas

aborígenes de una gramática (racionalidad), solo el cristiansimo podía hacer del

indígena persona. Si aún no lo eran, era mejor declararlos ateos. Creíase que era

más fácil convertir al cristianismo a aquel que no tenía religión que al que profesaba

una «pagana».

Entre los que afirmaban que los Guaraní carecían de religión, se tornó célebre

la actitud de los conquistadores que actuaron entre los grupos tupí-guaraní de la

costa brasileña, en el siglo XVI. De la aparente ausencia de dos instituiciones de

la sociedad europea —la ley y el rey— en esos grupos, los misioneros dedujeron

que los aborígenes eran incapaces de tener fe28. Según ellos, sin una «estructura

política jerarquizada» no podía haber «obediencia» y, como ésta era la esencia de

la fe, no se podía «creer» en nada. Los misioneros se creían incumbidos de instruir

los indígenas en la «verdad». Montoya escribió en su crónica: «Yo les di a

entender que había un solo Creador»29. El rico universo religioso guaraní no fue

percebido hasta inicios del siglo XX, precisamente a través de Los mitos de creación

y destrucción del mundo como fundamentos de la religión de los Apapokuva-

Guaraní, publicada por Kurt Unkel Nimuendaju, en alemán en 1914, sobre el

grupo Apapokuva, que hoy ha desaparecido como tal. A continuación analizaré

algunos aspectos de ese universo en las tres parcialidades guaraní a quienes tuve

la oportunidad de conocer: los Chiripá o Ñandeva, los Kaiová o Paĩ-Tavyterã y

los Mbyá.

 

4. LA PALABRA GUARANÍ

En este tópico presento el desencuentro histórico entre Guaraní y europeos en

torno de la palabra, bien como la experiencia y reflexión religiosa de los indígenas

en base a esa palabra.

4.1. La historia

En la documentación colonial el arte de la palabra es registrada como condición

para ejercer el liderazgo entre los Guaraní54. Los misioneros lo percibieron e

hicieron del aprendizaje del idioma indígena su primera tarea misionera. Se tornaron

dicípulos de los nativos y no se contentaron hasta conocerlo «con eminencia

», a fin de llegar a parecerse con los indígenas55. Predicaron más de 300 años

en la lengua indígena pero no experimentaron la palabra guaraní como paradigma

ritual y fuente de inspiración56. Ésta cruza silenciosa las crónicas misioneras y la

historiografía colonial.

Donde los misioneros se aproximaron al valor de esa palabra es al notar el

lugar de la música, del canto y de la danza en la sociedad indígena. «Bailes tienen

tantos y tan porfiados, fundados en su religión, que algunos mueren en

ellos» escribió Barzana57. Montoya a su vez clasificó los cantares indígenas, catalogó

sus instrumentos58 y describió que con ellos los indígenas se rebelaban y

afirmaban agresivamente su identidad frente a los invasores59. Los líderes religiosos

eran los señores de la palabra y de las danzas; por medio de ellas proclamaban

sus profecías cataclísmicas, convocaban a los suyos a buscar nuevos lugares

o a exigir de los misioneros que abandonasen la tierra60. Como su consigna afirmaban

que también ellos eran sacerdotes que sabían proponer la palabra de Dios

a los suyos61. No sin razón, algunos registraron la resistencia indígena como un

retorno de los mismos a sus «cantares pasados», al tiempo en que sólo se oía el

sonido de la maraca de los hombres y el bastón de ritmo de las mujeres. Éstos,

como ya he dicho, son fundamentales en las ceremonias y muy significativos en

la reflexión teológica de los Guaraní contemporáneos.

4.2. La palabra-alma soñada: el ser humano

Los Guaraní entienden que todo ser humano es, en su origen, una palabraalma

soñada62. La palabra-alma, ñe’ẽ, ayvu, es un elemento constitutivo del ser

humano, es su palabra divina y divinizadora. Ella da al ser humano la verticalidad

que lo distingue tanto de sus congéneres enfermos como de los muertos y los

animales. «Ser erguido» alude al status divino compartido por el ser humano, ya

que «Nuestro Padre» se irguió para crear63. En el nacimiento, esa palabra provee

para sí un lugar64. Cuando se aproximan las horas del parto, el verdadero padre

de las palabras-almas dice a la palabra-alma que se irá encarnar: Ve a la tierra,

mi hijo (hija), yo haré que mi palabra circule por tus huesos y tú te acordarás de

mí en tu ser erguido65.

Hasta el segundo año de vida se procederá al ritual de nominación de las criaturas66,

a quienes se proveerá de «aquello que mantiene en pie el fluir del decir»,

su ’ery mo’ã a67, su nombre. Éste ejerce una cierta autoridad sobre la persona.

Para los Kaiová y los Ñandeva es la porción divina y divinizadora del ser humano,

itupãréra. Para los Mbyá, el nombre integra a los humanos al cosmos y marca

en ellos su condición de ser dependiente del monte, héra ka’aguy. Lo más

importante de esa psicología es la convicción de que la palabra no es recibida

completamente terminada, sino como un designio inicial que debe desarrollarse y

ritualizarse en el transcurrir de la vida68. Así, por ejemplo, en los rituales de «rebautismo

», cura y «purificación» (nimongarai) las personas celebrarán sus esfuerzos

de ir «irguiéndose», perfeccionándose en su palabra-alma; los niños, en

particular, lo harán en el ritual de iniciación, kunumi pepy, en el cual recibirán su

adorno labial o tembeta.

Finalmente, cuando la palabra no tiene más lugar, la persona muere y tórnase

una palabra-que-no-es-más, ayvukue, ñe’ẽngue, ãngue, asykue. Los sufijos -kue y

-ngue son marcas de pretérito e indican el devenir. Ayvukue o ñe’ẽngue refiere la

palabra-alma de origen divino, que emprende una marcha hacia un mundo plenificado,

aunque le cueste separarse de los seres y del ambiente conocidos.

Pero al lado de la palabra-alma divinizadora, los Guaraní creen posser un alma

de procedencia terrena, ã, asygua, que imprime en ellos el impulso hacia la

horizontalidad y la tendencia a abandonar el fin último de su existencia, que es

divinizarse. Eso les acarrea confusión y toda suerte de crisis —enfermedades,

tristezas, enemistades, etc.— interpretados como fragmentación o bifurcación de

la palabra. En ese contexto, el ritual de curación se entiende como un «volver a

sentar» en la persona su palabra divina o «redimirle el decir», lo que entre los

Mbyá está a cargo de los eepya, erguidores de la palabra69. El fracaso de una terapia

y la apatía de algunos frente a las crisis son interpretados frecuentemente

como ñemyrõ, que es el ensimismamiento y desinterés de la persona por los demás

y por su palabra divinizadora. En este caso domina sobre ella su alma de

origen terreno, asy o ãng.

Cuando una persona muere, su alma de origen terreno vagará hasta encarnarse

en algún animal o alguna planta y, en caso de intenso luto, en uno de los deudos

desconsolados. Sobre este aspecto de la creencia guaraní del alma anotó Barzana

«conocen toda la inmortalidad del alma y temen mucho a los anguéra»,70 al

paso que Montoya registró en su léxico «alma de difunto», «alma fuera del cuerpo

» y «fantasma» como siendo ãnguéra71.

Así, la vida de los Guaraní es marcada por la inestabilidad. De un lado, su palabra-

alma de origen divino los impulsa a creer que como sus ancestros y los

habitantes de la «primera tierra» alcanzarán la plenificación sin experimentar la

muerte. Por otro, su alma de origen terrenal los aparta de ese fin último y los hace

perezosos para empeñarse en desarrollar el impulso inicial hacia lo divino, que

está inscrito en su propio nombre. Los Mbyá se refieren a esa situación diciendo

que se les ha bifurcado la palabra. En el lenguaje del mito de los mellizos, podría

decirse que el ser humano no consigue «vencer el jaguar», que él se divide entre

continuar viviendo bajo la amenaza de ser devorado por su condición humana

terrena, simbolizada en el animal, y emprender la marcha hacia la morada del

ancestro divinizado.

Entre las experiencias fundadoras de la inestabilidad que acosa a los seres

humanos en la «segunda tierra» están la ignorancia, la ira, el acto de ofender y el

adulterio. Ya las metáforas que exprimen la superación de esa situación son: «erguirse

» (e), «adquirir grandeza de corazón» (py’a guasu), «alcanzar la plenitud»

(aguyje), acceder a la palabra sin mal (ñe’ẽ marane’ỹ). Los Guaraní tienen en la

perseverancia de «Nuestro Hermano Mayor» y de otros ancestros, como Capitán

Chikú, el ejemplo que necesitan para continuar ejercitándose en afirmarse como

un Guaraní, alcanzar serenidad, inspiración poética y vivir la reciprocidad.

4.3. Palabra para ser vista y oída: los rituales

Junto con «el hablar», «el oir» y «el ver» hacen parte de la experiencia de la

palabra, entre los Guaraní. Oir, hendu, y ver, hecha, originan, entre ellos, dos

formas distintas de percibir y ministrar la palabra. Así, pueden distinguirse dos

tipos de persona: las ohendúva o aquellas que accedieron a la palabra por intermedio

de otras personas, de quienes han oído los cantos, rezos e historias del

grupo y las ohecháva o aquellas que tuvieron una experiencia directa con la palabra,

contemplándola en un acto místico o siendo inspiradas por ella, en sueños.

Por lo general, todas las personas son portadoras en mayor o menor grado de

cualidades que las predisponen a tener experiencias espirituales. La diferencia

está en que la realización de esa predisposición se dá entre los Kaiová y los Ñandeva

generalmente en el ámbito del «oir» y entre los Mbyá en el ámbito del

«ver», de la inspiración onírica. Según los primeros, entre ellos ya no hay quien

se someta a los ejercicios que llevan a «ver» la palabra72, restándoles admirar y

aprender del saber de los líderes espirituales mbyá, karai73. Frente a la aparente

desventaja de los Kaiová, que supuestamente ya no pueden resistir a la luz que

emana de la visión, yo propondría que la experiencia ritual les propicia a ellos

aprehender la palabra en su dimensión místico-contemplativa74.

En sus celebraciones, ellos cantan o declaman horas y horas la palabra al

compás de una caminata ritual, que rememora sus andanzas. Pulsando la maraca

nativa, sus líderes declaman los versos de los episodios míticos y guían su grupo

hacia el origen, roguatámo roñemboypy. Cantando ellos enfrentan las vicisitudes

del camino, cruzan las diversas plataformas superpuestas del universo y llegan

psíquicamente hasta la morada de las divinidades. Activan la memoria colectiva

y entran en ella, mezclando las historias de sus vidas con los episodios recitados

(papa) en los versos, imitando (a’ã) así los eventos primordiales. Al recitar la

historia de la creación, entienden que le están dando a la tierra el soporte, sin el

cual sobrevendría su inminente destrucción.

Al año, cada Paĩ-Tavyterã o Kaiová dedica de cuatro a ocho noches para «internarse

» ritualmente en la creación. Al repetir los versos de un largo himno, él

va imaginándose la tierra, primero pequeñita y luego ensanchándose, una tenue

neblina la adorna. Seres divinos y cuidadores de los seres hacen en ella morada.

Celébrase el ritual de nominación de esos seres y prepárase la fiesta de la asunción

de los mismos a las esferas celestiales. Después de evocar los pertrechos

rituales, el acto de adornarse y el pájaro del buen hablar se abre la puerta del cie-

lo y se consuma un protorito de pasaje. «Nuestro Padre» se pregunta a quién podrá

confiar su modo de ser. Ve entonces el pequeño altar de los indígenas, su

casa ritual, sus pertrechos rituales y les confía su buen modo de ser: la celebración

de las fiestas del maíz, la de nominación y de iniciación de los niños.75 En

ellas se actualizan de forma apoteótica los grandes principios del mundo mítico:

la economía de reciprocidad, jopói, el amor mútuo, joayhu, el buen modo de ser,

teko katu, la justicia, teko joja, la diligencia, kyre’ỹ, la paz, py’a guapy, la serenidad,

teko ñemboro’y, y la mútua palabra, oñoñe’ẽ.

Pese a las diferentes interpretaciones de los ritos en los diversos grupos guaraní,

en todos son prácticas comunes el canto, el rezo y la danza. Los Mbyá se distinguen

por incluir en sus rituales mayores la bendición de las personas y la ceremonia

de curación a base de plegarias, masaje y fumarada; por el uso del violín de tres

cuerdas y la guitarra de cinco cuerdas, la vela, la pipa y el tabaco. Por su parte los

Kaiová y Ñandeva se destacan por incluir la cruz en su simbología y por el uso de

vestimentas rituales. Entre otras prácticas que se realizan a nivel más familiar constan

la bendición de personas, semillas y partidas para la caza.

4.4. Palabra y «naturaleza»

En guaraní no existen términos que tracen una oposición entre «naturaleza» y

«cultura; los dos ámbitos de la realidad hacen parte de un único proceso de evolución

o desdoblamiento76 de la «palabra», en última instancia. Como ya se ha

visto, aunque con diferentes énfasis en los varios grupos, la sabiduría divina77 se

desdobla en lo telúrico dotando de palabra-alma a los humanos y a los demás

seres. Esta convicción ejerce una fuerza cósmica de tanto impacto sobre los Guaraní

que, según suponen, un contacto más intenso con un ser de la ‘naturaleza’

implica siempre en relacionarse con el alma o los respectivos protectores de ese

ser. Para ellos, como escribe Friedl Grünberg, «el encuentro con la ‘naturaleza’

es siempre un encuentro con la divinidad»78.

Si el patrón dominante en las culturas llamadas occidentales concibe los seres

humanos como fuerza exterior a la naturaleza, pudiendo actuar sobre ella a su

antojo, entre los Guaraní lo que llamamos naturaleza no se encuentra separado

sino que forma parte del sistema social y posee características humanas. La «naturaleza

» ve, oye, habla, siente, se adorna, se despereza y acurruca, se cansa, se

enferma y muere, como toma parte activa del proceso de su perfección. Los

Kaiová, por ejemplo, describen la tierra como un bebé que en el principio balbu-

ceaba su palabra79 y describen el ciclo que va desde el plantío del maíz hasta su

cosecha con los mismos términos con que describen la evolución del ser humano.

En sí, la naturaleza incluye una gran cantidad de animales y plantas de origen

divino que son objeto de especial consideración, una especie de modelo heredado

de la «primera tierra» y hacia el cual evolucionan las respectivas especies de la

«segunda tierra». En una expresión que se aproxima del platonismo, Cadogan

considera que, para los Guaraní, los animales actuales son apenas «imágenes

perecibles de los animales eternos»80, como los seres humanos lo son de los ancestros

y héroes culturales. Los seres humanos, los animales y las plantas hallan

su razón de ser y su estatura plena en la respectiva divinidad de la que son reflejo.

Para alcanzarlo, los seres que pueblan la tierra necesitan escuchar la historia

de su origen — los mitos — y realizar plenamente la «capacidad de ser» que

traen consigo. En el caso del maíz esa plenitud consiste en alcanzar la madurez

de las espigas; en el de los humanos, en acceder a buenas y bellas palabras inspiradas.

En ese sentido puede decirse que a los Guaraní se aplicaría bien la frase de

Feuerbach: Si Dios fuese un objeto para un pájaro, Él sería un ser alado; el pájaro

no conoce nada más alto y sublime que el de tener alas81.

4.5. La palabra que recrea un lugar

En los últimos cien años, muchos males extrasistémicos indujeron a los Guaraní

a creer que serían aniquilados. Pero por lo general, cada amenaza de destrucción

vino acompañada de la imagen de un mundo nuevo, que en religión es también

«primero», «original».

Así, para los Apapokuva, que huían de las consecuencias de la Guerra de la Triple

Alianza (1865-70), era como si el mundo estuviese a punto de sucumbir. Para

evitar la destrucción, abandonaron sus pagos y se marcharon hacia el este. Según el

mito que funda sus andanzas, construyeron una casa de madera, entraron en ella y

empezaron a danzar y a cantar, mientras la tierra se indundada. «Nuestro Padre» les

infundió coraje para sobreponerse al miedo. La casa se movió, giró, fluctuó sobre la

superficie del agua y partió rumbo a las esferas celestes, llegando al lugar denominado

«tierra sin males». Allí las plantas nacían y los frutos de la tierra se procesaban

por sí mismos; las presas llegaban a los pies del cazador ya muertas, las personas no

envejecían ni morían ni tampoco conocían el sufrimento82.

Semejantemente, los Mbyá contemporáneos, aunque no todos, cercados por los

nuevos frentes de colonización en el oeste brasileño, el este del Paraguay y noreste

argentino, buscan un lugar guardado y protegido, una tierra buena y fértil, donde

existen las plantas y los animales «originarios», donde es factible alcanzar la perfección

personal porque allí existen las condiciones para eso: las plantas, los animales,

el agua, el viento, las casas y las personas son originales (marae’ỹ)83.

En las andanzas de los Mbyá se constata que no solo la selva, sino también

las ruinas ejercen una notable atracción sobre ellos. Es como si el tiempo hubiese

reconciliado esos dos símbolos incompatibles del pasado guaraní. Desde los

tiempos coloniales la selva ha constituído algo esencial para el ser guaraní. Para

uno de los grandes profetas contra las reducciones jesuíticas, Potiravá, la naturaleza

indígena era andar por valles y selvas. Intuyendo que en las reducciones

acabarían amansados y desacostumbrados a su ecología nativa, y que la reducción

les cerraría los caminos para la tierra nueva y para la libertad, ese líder organizó

una rebelión en la que sacrificó la vida de los misioneros. La «selva» y las

«ruinas» son marcas de la memoria. La «selva» aproxima a las generaciones contemporáneas

del período anterior a la ocupación europea del siglo XVI, mientras

que «las ruinas» les indican el tiempo colonial, durante el cual un nuevo héroe

civilizador, el Kechuíta, les dió a conocer casas de piedra84.

Por su parte los Kaiová, los Paĩ-Tavyterã y los Ñandeva presienten que esta

tierra está a punto de desmoronarse y de ser inundada. Deforestación, monocultura,

destierro, antiindigenismo y nuevas enfermedades son algunos de los infortunios

que los impulsionan a buscar una «tierra de tiempo-espacio perfecto», yvy

araguyje, una «tierra guardada», yvy ñomimbyre. Aunque la aproximación de esa

tierra no presuponga movilidad geográfica entre estos indígenas, el camino es

entre ellos, como entre los Mbyá, un elemento fundamental para imaginar ese

lugar. Su experiencia de viandantes, tapeja, ellos lo hacen sobretodo en sus ritos.

Andar es el movimiento básico de sus danzas; la palabra, su viático. En sus celebraciones,

ellos reelaboran las imágenes del pasado en espacios imaginarios sobre

el cual proyectan sus esperanzas. El «estar a caminho» es una forma de

«aproximarse» a los lugares originales, donde ellos podrán cultivar la tierra a su

modo y vivir de la tierra y en la tierra como verdaderos humanos, vivir sin el

asedio y sin la indiferencia de la sociedad envolvente, y donde sus palabras se

tornen «sin males», marane’ỹ, en el sentido de verdadero y original. Mientras no

lo alcancen, sus pasos seguirán consagrando, en su andar, el camino como metáfora

(templo) de esperanza y libertad85. Mientras no se concretice ese sueño en un

nuevo tekoha, ningún personaje será más real que el poeta; nada más imprecindible

que el proferir bellas palabras inspiradas86.

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